Ecología del suelo

El micelio como red subterránea del bosque

Qué hace el micelio bajo el suelo y por qué sostiene la salud del bosque andino

Publicado el 14 de mayo de 2024 · Instituto Micelio Austral

Cuando uno se agacha en un sendero del bosque andino-patagónico y aparta la hojarasca con cuidado, lo que aparece no es solo tierra: hay filamentos blanquecinos, casi algodonosos, que recorren la capa superficial entre raíces finas y restos de hojas. Eso es el micelio, la parte vegetativa de los hongos. No se ve en las guías de campo porque no forma sombrero ni pie, pero es la estructura que trabaja todo el año bajo el suelo.

En los bosques del sur, esa red cumple al menos tres tareas que sostienen al ecosistema completo. La primera es la descomposición: el micelio segrega enzimas que rompen celulosa y lignina de ramas y troncos caídos, y libera al suelo nutrientes que de otro modo quedarían atrapados durante décadas. La segunda es el transporte de agua y minerales a través de distancias que la raíz sola no alcanzaría. La tercera es la asociación con árboles nativos: coihue, ñire y lenga forman micorrizas, uniones donde el hongo y la raíz intercambian azúcares por fósforo y nitrógeno.

Conviene distinguir tres modos de vida que suelen mezclarse en la conversación cotidiana. Los hongos saprófitos viven de materia muerta y son los grandes recicladores del bosque. Los simbiontes, como los que se asocian al coihue, dependen del árbol vivo y a la vez lo ayudan a establecerse en suelos pobres. Los parásitos aprovechan tejido vivo y, aunque suenen negativos, también cumplen un papel al abrir claros que renuevan el bosque. Ninguno de los tres es "bueno" o "malo" en abstracto: el equilibrio depende del estado del rodal.

Ahí está el punto que muchas veces se pasa por alto. Cuando se remueven troncos caídos o se retira la capa de hojarasca, no se está sacando solo madera o residuo: se interrumpe una red que tarda décadas en reconstruirse. Las parcelas de observación que mantenemos en el instituto muestran que la regeneración natural se vuelve más lenta en sitios donde el sustrato fue alterado, incluso si el rodal vecino sigue en pie.

Observar el micelio no requiere equipo especial. Basta con levantar con cuidado un fragmento de corteza caída, mirar el reverso de un tronco en descomposición o revisar el borde de un sendero húmedo después de la lluvia. Lo importante es no remover el sustrato ni llevarse muestras: la red sigue viva y cualquier intervención deja huella.

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